Aquí estoy, frente a la ventana. Tecleando con rabia sin sentido, que de una manera u otra siempre me lleva a ti. Y sigo pensando si es que existes o el destino tan solo me sigue poniendo a prueba. Dónde estás, quién eres, cómo eres... quién sabe. Miles de preguntas pasan poco a poco por mi cabeza, haciendo de mi un hervidero de ideas que desea explotar a cada momento.
Ya son más de veinte años esperándote. Inquieta. Indecisa. Pensando si realmente aparecerás alguna vez o tan solo eres como el eterno resplandor, fruto de mis incitantes recuerdos y probables sueños despiertos, donde formas parte de mi tanto como la lluvia que ahora rompe en la calle.
En momentos como éste imagino dónde puedes estar. Quizá escribes como yo, asustadizo e inquieto. Intentando mitigar el daño de tu alma en palabras que realmente tienen poco sentido. Y después sonríes porque sabes que realmente no lo tienen y que nadie llegará a leerlas nunca. Quién sabe, quizá cuando aparezcas llegues a leer las mías.
En momentos como éste trato de llevar mi mente a campos menos usados. Empezar una historia real, escribir un libro, un ensayo, qué se yo... me siento perdida. Sola. De una forma que no sé explicar y quizá tu tampoco entiendas. Te escribo a ti porque quizá no existes, así que probablemente no lo entiendas. Es esa sensación de caminar amarga por la calle, de saber que no habrá nada mejor, de tener la certeza que llegará el día en el que estés sola de verdad. Y entonces lo sabes. Y duele. Porque no eres importante para nadie.
Ojalá aparezcas pronto y esa sensación se mitigue, pero sé celosamente que no eres la solución. El problema yace en mí, como siempre y para siempre, tanto como la sangre o el aliento. Ahí está. En algunos instantes parece desaparecer, darme un respiro. Pero vuelve. Siempre vuelve. De una forma u otra. Y aquí esta de nuevo, la incesante sensación de que nada vale la pena y de que tú, inquietante desconocido, tampoco la vales.