Eterno resplandor

Aquí estoy, frente a la ventana. Tecleando con rabia sin sentido, que de una manera u otra siempre me lleva a ti. Y sigo pensando si es que existes o el destino tan solo me sigue poniendo a prueba. Dónde estás, quién eres, cómo eres... quién sabe. Miles de preguntas pasan poco a poco por mi cabeza, haciendo de mi un hervidero de ideas que desea explotar a cada momento.

Ya son más de veinte años esperándote. Inquieta. Indecisa. Pensando si realmente aparecerás alguna vez o tan solo eres como el eterno resplandor, fruto de mis incitantes recuerdos y probables sueños despiertos, donde formas parte de mi tanto como la lluvia que ahora rompe en la calle.

En momentos como éste imagino dónde puedes estar. Quizá escribes como yo, asustadizo e inquieto. Intentando mitigar el daño de tu alma en palabras que realmente tienen poco sentido. Y después sonríes  porque sabes que realmente no lo tienen y que nadie llegará a leerlas nunca. Quién sabe, quizá cuando aparezcas llegues a leer las mías.

En momentos como éste trato de llevar mi mente a campos menos usados. Empezar una historia real, escribir un libro, un ensayo, qué se yo... me siento perdida. Sola. De una forma que no sé explicar y quizá tu tampoco entiendas. Te escribo a ti porque quizá no existes, así que probablemente no lo entiendas. Es esa sensación de caminar amarga por la calle, de saber que no habrá nada mejor, de tener la certeza que llegará el día en el que estés sola de verdad. Y entonces lo sabes. Y duele. Porque no eres importante para nadie.

Ojalá aparezcas pronto y esa sensación se mitigue, pero sé celosamente que no eres la solución. El problema yace en mí, como siempre y para siempre, tanto como la sangre o el aliento. Ahí está. En algunos instantes parece desaparecer, darme un respiro. Pero vuelve. Siempre vuelve. De una forma u otra. Y aquí esta de nuevo, la incesante sensación de que nada vale la pena y de que tú, inquietante desconocido, tampoco la vales.

Llueve


Ella se esconde entre las azaleas y se mantiene quieta, disfrutando de la frialdad que traspasa su piel desnuda. Así hasta convertirse en una gota más de la tormenta. Así hasta sentir que forma parte de ella.

Cuando respira lo hace pausadamente, disfrutando del aroma a húmedo que la lluvia le regala al caer sobre ella. Se imagina a si misma desnuda, haciéndole el amor, sintiéndose limpia y viva al mismo tiempo. Su sonrisa se envuelve en una carcajada y su mirada se dirige al cielo…, hay furia y rabia. Y se convence, caprichosa, de que es un grito de auxilio de los propios ángeles.

Tanto cielo roto, tantas nubes grises, tantas gotas derramadas… y comienza a llorar. De una forma natural y sana. De una forma preciosa, igual que ella. Y es en ese momento cuando por fin encuentra la paz, cuando la soledad se vuelve más nítida. Ve que el cielo también sufre, quizá incluso más que ella. 

Ese día


Cogiste mi mano, como si ese gesto no tuviera ninguna importancia. El momento se volvió eterno y la calle, hasta entonces atestada de gente, se convirtió en un oasis de silencio, dónde cada movimiento parecía estar prohibido. Mi alrededor era una película a cámara lenta, y yo tenía la suerte de poder estar tocando al principal protagonista. Tu mano, suave y firme junto a la mía. Nuestros dedos se entrelazaron poco a poco, como si fuera un juego habitual entre ellos, y mi mente dio gracias al destino.

Mientras, el mago comenzaba su actuación y tú sonreías, una y otra vez, como si ese espectáculo nunca se hiciera cada día a las siete de la tarde. A mi me pareció mágica la naturalidad con la que nuestros dedos encajaban. Ni siquiera recuerdo tus palabras cuando nos apartamos de la actuación y volvíamos a internarnos en las calles llenas de transeúntes. Tú no me soltabas. Solo logro volver a traer en mí las preguntas que me abordaron con fuertes golpes en ese momento. El porqué de tu piel junto a la mía, el porqué de ese gesto que no debería ocurrir en dos personas como las que tú y yo somos. También recuerdo la forma en la que traté de guardar el instante en mi mente. Dibujando un recuerdo muy mío y nada tuyo. Especial e imperfecto. De esos que no se olvidan.

Por un momento imaginé como sería si fuéramos todos los días a ver al mago. Si las siete se convirtieran en nuestra hora. Si nuestras manos se uniesen de esa misma forma, a esa misma hora, en ese mismo instante, alimentándose una de otra día tras día. Entonces tú me soltaste y mis dedos se volvieron a quedar vacíos. Observé tu rostro, curioso ante los expositores de las tiendas. Ni siquiera te habías dado cuenta. 

Cosas


Cosas. Inútiles y viejas. Estúpidas. Así como tú, que parece que te sonríen y te acercan con auras impregnadas de recuerdos, de deseos que nunca se han hecho realidad y que nunca van a hacerse. Cosas que no existen. Tú, que tampoco existes.

Las relaciones imaginarias que se producen en mi cabeza recuerdan los juegos de caleidoscopios. Uniformes y descontrolados. Pesadillas en forma de colores que se rebobinan, una y otra vez, volviendo al mismo punto del que nunca debieron partir. Tú, que tampoco debiste partir.

Sangras, de forma sofocante y lenta, como el fino haz del cuchillo sobre la piel blanca, como un rasguño del papel en la suavidad que te corroía. Como el llanto que desgarra tu recuerdo y lo convierte en algo inservible. Cosas… como el papel roto en mil pedazos.

Tú, que deberías romperte en mil pedazos.

Tu mirada.

Penetrante y directa. La confusión se adentra por pupilas desdibujadas, que sin tu llanto frente a ellas se pierden en el mundo de recuerdos. Aquel que tú has creado y que absorbe y rasga, ofreciéndome cientos de dolores inciertos y sensaciones sangrantes. Desearía en ese momento cerrarlo todo y que tus ojos desaparecieran, que tu cuerpo se desintegrara, poco a poco. Como si nunca hubieras existido y nuestra historia fuera solo un burdo sueño del destino.

Escóndete de mí, hazlo de una vez. Desaparece de esos recuerdos y de las esperanzas que sangran más que tus propias palabras. La niña desdichaba y feliz que pensabas que era, aquí sigo, esperando que el recuerdo de tu mitad se desvanezca de una vida que nunca debió tenerte. Que nunca debió quererte. 

Acorazada

Observaba las luces inquieta y estática, tumbada entre las sábanas blancas tan carentes de inocencia. Sus pupilas, teñidas de un azul que recordaban al mar por sus lágrimas, no trasmitían ni un ápice de sentimiento. Su corazón permanecía cerrado, acorazado, esforzándose por esconder de manera infantil la inevitable ruptura.

La puerta seguía abierta y ella, desnuda aún en la cama, se convencía de que los pasos aparecerían de nuevo. Uno, dos, tres… su mente comenzaba a recrear los recuerdos inexistentes. Ella esperaba ansiosa y enfadada, los pies pesados de él se acercaban a una habitación ahora ensuciada. La puerta se abría tras un suave chirrío que le recordaba a típicas escenas de suspense, y ella sonreía. Después lo hacía él. El daño desaparecía.

Abrió los ojos, la puerta seguía intacta. Volvió a dirigir su azul mirada a las primeras luces que se colaban por la ventana. Un nuevo día. Un esfuerzo más. Nada dolía. 


Tuve un sueño



"Querías un cuento de hadas y la vida no es así"
Rota.

Sombras




Caminaba por las sombras, perdida entre recuerdos. Sus manos rozaban con dulzura los dedos de los sentimientos, que de forma juguetona se entrelazaban con los suyos. Se convertían en sus amantes de los paseos.
Si cerraba los ojos conseguía percibir, de lejos, y esforzándose mucho, los olores que un día fueron cálidos. Todos ellos ahora tan lejanos y perdidos en el tiempo como ella en sus propios sueños.
Las copas de los árboles chocaban con suaves ritmos, emitiendo el baile torpe que ordenaba el viento. Allí hacía frío, y su piel desnuda lo percibía incluso dentro de las propias entrañas. Donde ella ya pensaba que no había alma.
Intentaba moverse al mismo compás que las ramas, y poco a poco sus pasos se volvían más seguros, tanto como sus pequeños pies le permitían. Sonreía. Se dejaba envolver por el aire, que como tierna sábana intentaba protegerla, y con cariño le recordaba el amor nunca obtenido de un padre.
Imaginaba la música en los susurros del viento, los rostros en las sobras de los árboles, los roces en las espinas que le dañaban y que no sentía. Le gustaba.