Cogiste mi mano, como si ese
gesto no tuviera ninguna importancia. El momento se volvió eterno y la calle,
hasta entonces atestada de gente, se convirtió en un oasis de silencio, dónde
cada movimiento parecía estar prohibido. Mi alrededor era una película a cámara
lenta, y yo tenía la suerte de poder estar tocando al principal protagonista.
Tu mano, suave y firme junto a la mía. Nuestros dedos se entrelazaron poco a
poco, como si fuera un juego habitual entre ellos, y mi mente dio gracias al
destino.
Mientras, el mago comenzaba su
actuación y tú sonreías, una y otra vez, como si ese espectáculo nunca se
hiciera cada día a las siete de la tarde. A mi me pareció mágica la naturalidad
con la que nuestros dedos encajaban. Ni siquiera recuerdo tus palabras cuando
nos apartamos de la actuación y volvíamos a internarnos en las calles llenas de
transeúntes. Tú no me soltabas. Solo logro volver a traer en mí las preguntas
que me abordaron con fuertes golpes en ese momento. El porqué de tu piel junto
a la mía, el porqué de ese gesto que no debería ocurrir en dos personas como
las que tú y yo somos. También recuerdo la forma en la que traté de guardar el
instante en mi mente. Dibujando un recuerdo muy mío y nada tuyo. Especial e
imperfecto. De esos que no se olvidan.
Por un momento imaginé como sería
si fuéramos todos los días a ver al mago. Si las siete se convirtieran en
nuestra hora. Si nuestras manos se uniesen de esa misma forma, a esa misma
hora, en ese mismo instante, alimentándose una de otra día tras día. Entonces tú
me soltaste y mis dedos se volvieron a quedar vacíos. Observé tu rostro,
curioso ante los expositores de las tiendas. Ni siquiera te habías dado cuenta.
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