Eran tan solo dos niños. Ella de ojos azules y él de pelo
enredado. Ambos inocentes en aquel momento tan lejano. Ella se reía, cantaba a
la luna, descifraba los nombres de estrellas que inventaba. Él tan solo la
observaba, en silencio, sonriendo ante su risa, descifrando el número de pecas
que su rostro acogía.
Crecieron, ella tan solo descifraba nombres de estrellas de
cine. Él seguía sentándose a su lado, expectante y ansioso por volver a
escuchar su risa. Esa que una vez sintió como propia. Esa que parecía haberse
apagado, como todas aquellas estrellas que un día ambos encontraron. Y su único
deseo fue volver a oírla.
Ahora él se sienta solo en su tejado, observa en silencio la
casa azul y ve como ella sale sola. Carente de sonrisa, de vida y de inocencia.
Ya no le preocupan las constelaciones, ya no le importan las estrellas de cine.
Ya no le regala su presencia. Él ahora solo desea conocerla.
Y así mira al cielo, y sonríe a unas estrellas que un día
fueron de ambos. A una oscuridad que compartieron. Treinta y ocho, ese era el
número exacto de pecas que su rostro acogía.