Tu mirada.

Penetrante y directa. La confusión se adentra por pupilas desdibujadas, que sin tu llanto frente a ellas se pierden en el mundo de recuerdos. Aquel que tú has creado y que absorbe y rasga, ofreciéndome cientos de dolores inciertos y sensaciones sangrantes. Desearía en ese momento cerrarlo todo y que tus ojos desaparecieran, que tu cuerpo se desintegrara, poco a poco. Como si nunca hubieras existido y nuestra historia fuera solo un burdo sueño del destino.

Escóndete de mí, hazlo de una vez. Desaparece de esos recuerdos y de las esperanzas que sangran más que tus propias palabras. La niña desdichaba y feliz que pensabas que era, aquí sigo, esperando que el recuerdo de tu mitad se desvanezca de una vida que nunca debió tenerte. Que nunca debió quererte. 

Acorazada

Observaba las luces inquieta y estática, tumbada entre las sábanas blancas tan carentes de inocencia. Sus pupilas, teñidas de un azul que recordaban al mar por sus lágrimas, no trasmitían ni un ápice de sentimiento. Su corazón permanecía cerrado, acorazado, esforzándose por esconder de manera infantil la inevitable ruptura.

La puerta seguía abierta y ella, desnuda aún en la cama, se convencía de que los pasos aparecerían de nuevo. Uno, dos, tres… su mente comenzaba a recrear los recuerdos inexistentes. Ella esperaba ansiosa y enfadada, los pies pesados de él se acercaban a una habitación ahora ensuciada. La puerta se abría tras un suave chirrío que le recordaba a típicas escenas de suspense, y ella sonreía. Después lo hacía él. El daño desaparecía.

Abrió los ojos, la puerta seguía intacta. Volvió a dirigir su azul mirada a las primeras luces que se colaban por la ventana. Un nuevo día. Un esfuerzo más. Nada dolía. 


Tuve un sueño



"Querías un cuento de hadas y la vida no es así"
Rota.

Sombras




Caminaba por las sombras, perdida entre recuerdos. Sus manos rozaban con dulzura los dedos de los sentimientos, que de forma juguetona se entrelazaban con los suyos. Se convertían en sus amantes de los paseos.
Si cerraba los ojos conseguía percibir, de lejos, y esforzándose mucho, los olores que un día fueron cálidos. Todos ellos ahora tan lejanos y perdidos en el tiempo como ella en sus propios sueños.
Las copas de los árboles chocaban con suaves ritmos, emitiendo el baile torpe que ordenaba el viento. Allí hacía frío, y su piel desnuda lo percibía incluso dentro de las propias entrañas. Donde ella ya pensaba que no había alma.
Intentaba moverse al mismo compás que las ramas, y poco a poco sus pasos se volvían más seguros, tanto como sus pequeños pies le permitían. Sonreía. Se dejaba envolver por el aire, que como tierna sábana intentaba protegerla, y con cariño le recordaba el amor nunca obtenido de un padre.
Imaginaba la música en los susurros del viento, los rostros en las sobras de los árboles, los roces en las espinas que le dañaban y que no sentía. Le gustaba.