Caminaba por las sombras, perdida entre recuerdos. Sus manos rozaban con dulzura los dedos de los sentimientos, que de forma juguetona se entrelazaban con los suyos. Se convertían en sus amantes de los paseos.
Si cerraba los ojos conseguía percibir, de lejos, y esforzándose mucho, los olores que un día fueron cálidos. Todos ellos ahora tan lejanos y perdidos en el tiempo como ella en sus propios sueños.
Las copas de los árboles chocaban con suaves ritmos, emitiendo el baile torpe que ordenaba el viento. Allí hacía frío, y su piel desnuda lo percibía incluso dentro de las propias entrañas. Donde ella ya pensaba que no había alma.
Intentaba moverse al mismo compás que las ramas, y poco a poco sus pasos se volvían más seguros, tanto como sus pequeños pies le permitían. Sonreía. Se dejaba envolver por el aire, que como tierna sábana intentaba protegerla, y con cariño le recordaba el amor nunca obtenido de un padre.
Imaginaba la música en los susurros del viento, los rostros en las sobras de los árboles, los roces en las espinas que le dañaban y que no sentía. Le gustaba.

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