He decidido.

- He decidido que no te quiero tener cerca. No, espera. No hables. Hoy me toca hablar a mí. He decido que no quiero acostarme más contigo, preferiré mis manos. He decido que no quiero que me acaricies más el pelo, que me susurres al oído, que me digas las palabras adecuadas en el momento preciso, que me abraces cuando no te lo pido, que me prepares café, que me digas tantas veces “te quiero”, que me sostengas, que tus pies jueguen con los míos cuando ambos estamos en la cama, que acaricies las líneas de mi rostro, que tus piernas se enreden con las mías. He decidido que no quiero todo eso, que no  voy a quererte más a ti. Que no voy a escucharte. He decidido que no puedes amarme. No lo hagas.
- ¿Quieres saber lo que he decidido yo?
- Te he dicho que…
- Yo soy quien ha decidido no escucharte. 

Rojo

Lo acabo de encontrar. Es de color rojo. Tu pintalabios. Me encuentro en el baño donde hace apenas unos meses tú te pintabas, sonreías y discutías al mismo tiempo. Nunca llegué a comprender como eras capaz de hacerlo, tampoco ahora. Y me quedo aquí quieto, con un pintalabios medio abierto de color rojo entre mis dedos. Por un momento tengo ganas de mancharlos de ese color, me recuerda mucho a ti. También podría utilizar la pintura en dibujar contornos, letras sin sentido o sonrisas en el cristal, como solías hacer tu. Ahora que no estas no encuentro otro uso mejor que ese. Así que lo hago.

Primero son dos ojos, apenas dos rayas que no se sabe muy bien si lloran o ríen. Después una pequeña nariz, apenas un punto. Y por último una sonrisa que desvanece al acabarla. Observo el estúpido monigote que acabo de dibujar frente a mí y se me antoja mi propio rostro. Pero no suelto el pintalabios. Con la pintura roja comienzo a trazar tu nombre por el cristal, no puedo contenerme, y relleno cada hueco en el que veo mi reflejo con las letras que te pertenecen. Todas tuyas. Todo tuyo.

Este pintalabios, rojo y ya prácticamente desgastado, es lo que me queda de ti. Desgastado…, ¿Así acabé yo? No lo sé. Hace meses que intento rellenar mi cabeza con cualquier cosa que no sea tu nombre o tu imagen. A veces me da rabia rememorarte, otras…, otras simplemente me produce dolor. No sé que es mejor, mi amor. Y el pintalabios es tan tuyo…, rojo como toda tu eras. Era estúpida nuestra obsesión con los colores. Tan estúpida que ahora no puedo observar a una mujer vestida de rojo sin que tu imagen acuda a mi cabeza. Tus labios eran rojos, tu pelo era rojo… toda tu eras roja. La pasión, el deseo, ¿El amor?..., ¿Encontramos nosotros aquello? A veces pensaba que confundíamos la obsesión con el amor. Ahora que no estás, estoy seguro de que pensaba en la confusión para no hacerlo en el amor. Me daba miedo. Como ahora lo hace tu pintalabios en mis dedos. Lo dejo con cuidado sobre el lavabo y observo el interminable espejo que se encuentra ante mí. Marcado con tu nombre. Marcado de ti.

Amarillo

Y me miraste. Estabas justo aquí. Delante. Casi podía tocarte cuando deslizaba las manos hacia la almohada amarilla. Siempre era amarillo, ¿Te acuerdas?. Tu taza amarilla, tu cepillo amarillo, tu bici amarilla, tu almohada amarilla… aun tiene tu olor. Aún sigues aquí y no te despegas de mi. Yo tampoco dejo que te vayas, también tengo parte de culpa. Pero eso mismo ahora no importa, te veo… tus ojos son tan verdes como siempre, e igual de vivos. Parecen sonreírme y amarme con la mirada, parece…, parece que quisieran decirme tantas cosas. ¿Te acuerdas cuando pasábamos horas aquí, tirados? Y me mirabas. Me mirabas de la misma manera con la que ahora tus ojos se posan en los míos. Parece que estuvieras calculando, que estuvieras memorizando cada milímetro de mi rostro, que estuvieras trazando un cuadro con colores dentro de tu propia cabeza. Quien sabe…, pero me miras. Me miras, y yo te miro. Con la tristeza, con el desconsuelo, con el anhelo. Y muevo mi mano un poco más hacia la almohada amarilla, esa tan tuya. ¿Sabes? Aún tiene tu olor, es extraño como cosas tan simples puedan significar tu presencia dentro de mi pequeño mundo de juguete. Pero da igual, estás aquí, y me miras. Tus labios curvan una sonrisa, como si quisieran decirme lo siento, como si quisieran darme consuelo, como si quisieran amarme sin despegarse. Tú me miras, tú me miras, tú me miras… cierro los ojos y por fin aprieto la fina sábana que encierra a tu almohada entre mis dedos. Se vuelven blancos. Mi mirada se vuelve negra y húmeda. Tú no estás. Tu no sonríes. Tu no me miras.