Y me miraste. Estabas justo aquí. Delante. Casi podía tocarte cuando deslizaba las manos hacia la almohada amarilla. Siempre era amarillo, ¿Te acuerdas?. Tu taza amarilla, tu cepillo amarillo, tu bici amarilla, tu almohada amarilla… aun tiene tu olor. Aún sigues aquí y no te despegas de mi. Yo tampoco dejo que te vayas, también tengo parte de culpa. Pero eso mismo ahora no importa, te veo… tus ojos son tan verdes como siempre, e igual de vivos. Parecen sonreírme y amarme con la mirada, parece…, parece que quisieran decirme tantas cosas. ¿Te acuerdas cuando pasábamos horas aquí, tirados? Y me mirabas. Me mirabas de la misma manera con la que ahora tus ojos se posan en los míos. Parece que estuvieras calculando, que estuvieras memorizando cada milímetro de mi rostro, que estuvieras trazando un cuadro con colores dentro de tu propia cabeza. Quien sabe…, pero me miras. Me miras, y yo te miro. Con la tristeza, con el desconsuelo, con el anhelo. Y muevo mi mano un poco más hacia la almohada amarilla, esa tan tuya. ¿Sabes? Aún tiene tu olor, es extraño como cosas tan simples puedan significar tu presencia dentro de mi pequeño mundo de juguete. Pero da igual, estás aquí, y me miras. Tus labios curvan una sonrisa, como si quisieran decirme lo siento, como si quisieran darme consuelo, como si quisieran amarme sin despegarse. Tú me miras, tú me miras, tú me miras… cierro los ojos y por fin aprieto la fina sábana que encierra a tu almohada entre mis dedos. Se vuelven blancos. Mi mirada se vuelve negra y húmeda. Tú no estás. Tu no sonríes. Tu no me miras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario