Treinta y ocho

Eran tan solo dos niños. Ella de ojos azules y él de pelo enredado. Ambos inocentes en aquel momento tan lejano. Ella se reía, cantaba a la luna, descifraba los nombres de estrellas que inventaba. Él tan solo la observaba, en silencio, sonriendo ante su risa, descifrando el número de pecas que su rostro acogía.

Crecieron, ella tan solo descifraba nombres de estrellas de cine. Él seguía sentándose a su lado, expectante y ansioso por volver a escuchar su risa. Esa que una vez sintió como propia. Esa que parecía haberse apagado, como todas aquellas estrellas que un día ambos encontraron. Y su único deseo fue volver a oírla.

Ahora él se sienta solo en su tejado, observa en silencio la casa azul y ve como ella sale sola. Carente de sonrisa, de vida y de inocencia. Ya no le preocupan las constelaciones, ya no le importan las estrellas de cine. Ya no le regala su presencia. Él ahora solo desea conocerla.

Y así mira al cielo, y sonríe a unas estrellas que un día fueron de ambos. A una oscuridad que compartieron. Treinta y ocho, ese era el número exacto de pecas que su rostro acogía. 

Días vacíos


El sol entra tímido por la ventana, iluminando con gracia el polvo almacenado en las estanterías y los marcos de fotos que recogen recuerdos ahora inexistentes. La cama deshecha y el radiador frío. Una mañana de febrero, como cualquier otra, se cuela entre el fino espacio de las cortinas y obliga a que sus ojos se abran despacio. Enfadados y vagos, desean gritar que quieren seguir durmiendo, soñando e imaginando. Durante esos pocos segundos que le regala el día, aun no es del todo consciente. Se estira en la cama, vuelve a acurrucarse junto al peluche larguirucho y después apoya la cabeza en la almohada caliente. Trata de recordar cuál era el sueño de aquel día, el sentimiento que le alejaba de la realidad, pero éste se ha esfumado, como si nunca hubiese estado junto a ella. Los minutos pasan, demasiado rápido esta vez, y la incapacidad de aferrarse a la cama se hace presente. Entonces sus ojos se abren de verdad y ve ante ella el color salmón gastado de la pared, las finas siluetas que la luz dibuja en el desorden de la habitación, y de pronto el deseo de sonreír desaparece con ellas. El vacío, inquietante y siniestro, aparece en un lugar que desconoce, que la desconcierta, y desea que el sueño acapare todo. La respiración pausada, cansada. La mente que trata de dibujar ideas y nuevas expectativas. El cuerpo que no responde y se desgasta. La amarga semilla que crece en ella la recorre rápidamente, hace que se abrace a las sabanas y respire hondo, una y otra vez. Poco a poco. Vuelve a cerrar los ojos y aspira el dulce aroma de las sabanas, que poco le llenan. Después quizá un café. Después quizá todo iría bien. 

Eterno resplandor

Aquí estoy, frente a la ventana. Tecleando con rabia sin sentido, que de una manera u otra siempre me lleva a ti. Y sigo pensando si es que existes o el destino tan solo me sigue poniendo a prueba. Dónde estás, quién eres, cómo eres... quién sabe. Miles de preguntas pasan poco a poco por mi cabeza, haciendo de mi un hervidero de ideas que desea explotar a cada momento.

Ya son más de veinte años esperándote. Inquieta. Indecisa. Pensando si realmente aparecerás alguna vez o tan solo eres como el eterno resplandor, fruto de mis incitantes recuerdos y probables sueños despiertos, donde formas parte de mi tanto como la lluvia que ahora rompe en la calle.

En momentos como éste imagino dónde puedes estar. Quizá escribes como yo, asustadizo e inquieto. Intentando mitigar el daño de tu alma en palabras que realmente tienen poco sentido. Y después sonríes  porque sabes que realmente no lo tienen y que nadie llegará a leerlas nunca. Quién sabe, quizá cuando aparezcas llegues a leer las mías.

En momentos como éste trato de llevar mi mente a campos menos usados. Empezar una historia real, escribir un libro, un ensayo, qué se yo... me siento perdida. Sola. De una forma que no sé explicar y quizá tu tampoco entiendas. Te escribo a ti porque quizá no existes, así que probablemente no lo entiendas. Es esa sensación de caminar amarga por la calle, de saber que no habrá nada mejor, de tener la certeza que llegará el día en el que estés sola de verdad. Y entonces lo sabes. Y duele. Porque no eres importante para nadie.

Ojalá aparezcas pronto y esa sensación se mitigue, pero sé celosamente que no eres la solución. El problema yace en mí, como siempre y para siempre, tanto como la sangre o el aliento. Ahí está. En algunos instantes parece desaparecer, darme un respiro. Pero vuelve. Siempre vuelve. De una forma u otra. Y aquí esta de nuevo, la incesante sensación de que nada vale la pena y de que tú, inquietante desconocido, tampoco la vales.

Llueve


Ella se esconde entre las azaleas y se mantiene quieta, disfrutando de la frialdad que traspasa su piel desnuda. Así hasta convertirse en una gota más de la tormenta. Así hasta sentir que forma parte de ella.

Cuando respira lo hace pausadamente, disfrutando del aroma a húmedo que la lluvia le regala al caer sobre ella. Se imagina a si misma desnuda, haciéndole el amor, sintiéndose limpia y viva al mismo tiempo. Su sonrisa se envuelve en una carcajada y su mirada se dirige al cielo…, hay furia y rabia. Y se convence, caprichosa, de que es un grito de auxilio de los propios ángeles.

Tanto cielo roto, tantas nubes grises, tantas gotas derramadas… y comienza a llorar. De una forma natural y sana. De una forma preciosa, igual que ella. Y es en ese momento cuando por fin encuentra la paz, cuando la soledad se vuelve más nítida. Ve que el cielo también sufre, quizá incluso más que ella. 

Ese día


Cogiste mi mano, como si ese gesto no tuviera ninguna importancia. El momento se volvió eterno y la calle, hasta entonces atestada de gente, se convirtió en un oasis de silencio, dónde cada movimiento parecía estar prohibido. Mi alrededor era una película a cámara lenta, y yo tenía la suerte de poder estar tocando al principal protagonista. Tu mano, suave y firme junto a la mía. Nuestros dedos se entrelazaron poco a poco, como si fuera un juego habitual entre ellos, y mi mente dio gracias al destino.

Mientras, el mago comenzaba su actuación y tú sonreías, una y otra vez, como si ese espectáculo nunca se hiciera cada día a las siete de la tarde. A mi me pareció mágica la naturalidad con la que nuestros dedos encajaban. Ni siquiera recuerdo tus palabras cuando nos apartamos de la actuación y volvíamos a internarnos en las calles llenas de transeúntes. Tú no me soltabas. Solo logro volver a traer en mí las preguntas que me abordaron con fuertes golpes en ese momento. El porqué de tu piel junto a la mía, el porqué de ese gesto que no debería ocurrir en dos personas como las que tú y yo somos. También recuerdo la forma en la que traté de guardar el instante en mi mente. Dibujando un recuerdo muy mío y nada tuyo. Especial e imperfecto. De esos que no se olvidan.

Por un momento imaginé como sería si fuéramos todos los días a ver al mago. Si las siete se convirtieran en nuestra hora. Si nuestras manos se uniesen de esa misma forma, a esa misma hora, en ese mismo instante, alimentándose una de otra día tras día. Entonces tú me soltaste y mis dedos se volvieron a quedar vacíos. Observé tu rostro, curioso ante los expositores de las tiendas. Ni siquiera te habías dado cuenta. 

Cosas


Cosas. Inútiles y viejas. Estúpidas. Así como tú, que parece que te sonríen y te acercan con auras impregnadas de recuerdos, de deseos que nunca se han hecho realidad y que nunca van a hacerse. Cosas que no existen. Tú, que tampoco existes.

Las relaciones imaginarias que se producen en mi cabeza recuerdan los juegos de caleidoscopios. Uniformes y descontrolados. Pesadillas en forma de colores que se rebobinan, una y otra vez, volviendo al mismo punto del que nunca debieron partir. Tú, que tampoco debiste partir.

Sangras, de forma sofocante y lenta, como el fino haz del cuchillo sobre la piel blanca, como un rasguño del papel en la suavidad que te corroía. Como el llanto que desgarra tu recuerdo y lo convierte en algo inservible. Cosas… como el papel roto en mil pedazos.

Tú, que deberías romperte en mil pedazos.

Tu mirada.

Penetrante y directa. La confusión se adentra por pupilas desdibujadas, que sin tu llanto frente a ellas se pierden en el mundo de recuerdos. Aquel que tú has creado y que absorbe y rasga, ofreciéndome cientos de dolores inciertos y sensaciones sangrantes. Desearía en ese momento cerrarlo todo y que tus ojos desaparecieran, que tu cuerpo se desintegrara, poco a poco. Como si nunca hubieras existido y nuestra historia fuera solo un burdo sueño del destino.

Escóndete de mí, hazlo de una vez. Desaparece de esos recuerdos y de las esperanzas que sangran más que tus propias palabras. La niña desdichaba y feliz que pensabas que era, aquí sigo, esperando que el recuerdo de tu mitad se desvanezca de una vida que nunca debió tenerte. Que nunca debió quererte.