Ella se esconde entre las azaleas y se mantiene quieta,
disfrutando de la frialdad que traspasa su piel desnuda. Así hasta convertirse
en una gota más de la tormenta. Así hasta sentir que forma parte de ella.
Cuando respira lo hace pausadamente, disfrutando del aroma a
húmedo que la lluvia le regala al caer sobre ella. Se imagina a si misma
desnuda, haciéndole el amor, sintiéndose limpia y viva al mismo tiempo. Su
sonrisa se envuelve en una carcajada y su mirada se dirige al cielo…, hay furia
y rabia. Y se convence, caprichosa, de que es un grito de auxilio de los
propios ángeles.
Tanto cielo roto, tantas nubes grises, tantas gotas
derramadas… y comienza a llorar. De una forma natural y sana. De una forma
preciosa, igual que ella. Y es en ese momento cuando por fin encuentra la paz, cuando
la soledad se vuelve más nítida. Ve que el cielo también sufre, quizá incluso
más que ella.
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