Días vacíos


El sol entra tímido por la ventana, iluminando con gracia el polvo almacenado en las estanterías y los marcos de fotos que recogen recuerdos ahora inexistentes. La cama deshecha y el radiador frío. Una mañana de febrero, como cualquier otra, se cuela entre el fino espacio de las cortinas y obliga a que sus ojos se abran despacio. Enfadados y vagos, desean gritar que quieren seguir durmiendo, soñando e imaginando. Durante esos pocos segundos que le regala el día, aun no es del todo consciente. Se estira en la cama, vuelve a acurrucarse junto al peluche larguirucho y después apoya la cabeza en la almohada caliente. Trata de recordar cuál era el sueño de aquel día, el sentimiento que le alejaba de la realidad, pero éste se ha esfumado, como si nunca hubiese estado junto a ella. Los minutos pasan, demasiado rápido esta vez, y la incapacidad de aferrarse a la cama se hace presente. Entonces sus ojos se abren de verdad y ve ante ella el color salmón gastado de la pared, las finas siluetas que la luz dibuja en el desorden de la habitación, y de pronto el deseo de sonreír desaparece con ellas. El vacío, inquietante y siniestro, aparece en un lugar que desconoce, que la desconcierta, y desea que el sueño acapare todo. La respiración pausada, cansada. La mente que trata de dibujar ideas y nuevas expectativas. El cuerpo que no responde y se desgasta. La amarga semilla que crece en ella la recorre rápidamente, hace que se abrace a las sabanas y respire hondo, una y otra vez. Poco a poco. Vuelve a cerrar los ojos y aspira el dulce aroma de las sabanas, que poco le llenan. Después quizá un café. Después quizá todo iría bien.