Acorazada

Observaba las luces inquieta y estática, tumbada entre las sábanas blancas tan carentes de inocencia. Sus pupilas, teñidas de un azul que recordaban al mar por sus lágrimas, no trasmitían ni un ápice de sentimiento. Su corazón permanecía cerrado, acorazado, esforzándose por esconder de manera infantil la inevitable ruptura.

La puerta seguía abierta y ella, desnuda aún en la cama, se convencía de que los pasos aparecerían de nuevo. Uno, dos, tres… su mente comenzaba a recrear los recuerdos inexistentes. Ella esperaba ansiosa y enfadada, los pies pesados de él se acercaban a una habitación ahora ensuciada. La puerta se abría tras un suave chirrío que le recordaba a típicas escenas de suspense, y ella sonreía. Después lo hacía él. El daño desaparecía.

Abrió los ojos, la puerta seguía intacta. Volvió a dirigir su azul mirada a las primeras luces que se colaban por la ventana. Un nuevo día. Un esfuerzo más. Nada dolía. 


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